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| Micenas, Delfos y Epidauro, tres joyas únicas de la civilización griega |
| 13.03.09 - LUIS ORCHE | |||
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La excelente conservación de sus restos arqueológicos sorprende a los visitantes de estas «ruinas sagradas»
Micenas y Delfos son dos de los lugares soñados por cualquier viajero interesado en la historia antigua. Para redondear la ruta no hay que perderse Epidauro y completar así un trío difícilmente igualable del legado cultural griego. Las tres joyas se encuentran relativamente cerca: dos (Micenas y Epidauro) en la península del Peloponeso y la otra (Delfos) en la Grecia Central, la más lejana de Atenas, a tres horas de autocar por unos parajes típicamente mediterráneos. La verdad es que recorrer el Peloponeso es un placer sensual, con sus fértiles valles, repletos de naranjos, limoneros y olivos, entre altas montañas y la cercana costa del Egeo, azul y transparente. Un marco sumamente atractivo para quienes, hace casi cuatro milenios, crearon una de las civilizaciones más influyentes en la historia de la humanidad. Ni más ni menos que la cuna de la Grecia clásica, cuya cultura expandió por oriente y occidente. Tan exquisito manjar arqueológico, aceptablemente conservado, está a un par de horas de Atenas, por carreteras serpenteantes, y algo más lejos en el caso de Delfos. Quizás convenga empezar por Micenas, que dio nombre a la primera gran cultura de la prehistoria griega, la micénica, que floreció entre 1600 y 1100 A.C., con ciudades como Tirinto, Pilos y Esparta, que, desgraciadamente, no disponen de restos tan valiosos como cabe esperar de su fama. MURALLAS A PRUEBA DE SIGLOS A lo largo del tiempo, guerras, saqueos, terremotos y la propia acción erosiva del viento y de la lluvia han sido implacables con ciudades y monumentos. Por eso, Micenas es como un gran coloso, que, tras resistir todas esas adversidades, ha conseguido superar los 3.000 años de existencia. El turista contempla atónito sus famosos muros ciclópeos, compuestos de enormes piedras encajadas y su pieza artística más universal: la puerta de los Leones, y es, entonces, cuando identifica la imagen tantas veces reflejada en los libros de historia del arte. Es algo similar a lo que ocurre en Egipto, pues no es lo mismo ver una obra de esta dimensión histórica en un museo que sobre el terreno, cumpliendo todavía su cometido de pórtico de la acrópolis. Si hace tres siglos guardaba una poderosa ciudad-estado, hoy es la prueba fehaciente y perdurable de una civilización única, que atrae a visitantes de todo el mundo. Antes de comenzar la leve subida hacia la muralla, se encuentra otro de los monumentos asombrosos de la rica cultura micénica: la tumba real, conocida como la Tumba de Atreo, una construcción pétrea en cúpula, magníficamente conservada, que, junto a la puerta de los Leones, constituye la mejor recompensa de este desplazamiento. Al igual que con la famosa puerta, aquí el pasadizo exterior, que conduce a la tumba, excavada y construida dentro de un montículo del terreno, es otra de las imágenes repetidas en los libros de arte. Dentro de la ciudad, apenas quedan restos en pie, si bien los arqueólogos han podido identificar y describir cada uno de los edificios que albergaba, desde palacios a necrópolis. Y se sigue excavando en busca de desentrañar uno de los principales enigmas históricos: los restos de Agamenón, el rey aqueo a quien se atribuye la destrucción de Troya. La acrópolis (ciudad alta) se encuentra sobre una colina, desde la que se domina parte del valle de la Argólida, cuajado de naranjos y mandarinos, con el Mar Egeo al fondo. Sin duda, un lugar estratégico para protegerse, divisar y disponer cerca de una salida y entrada de mercancías. Aquí no hay museo, pero sí una pequeña tienda, donde se pueden adquirir recuerdos del lugar, como unos exvotos característicos de la escultura micénica. Las piezas más valiosas de las excavaciones se encuentran en Atenas, expuestas en el Museo Arqueológico Nacional. Allí se pueden admirar unos bellísimos frescos procedentes del palacio real. EL OMBLIGO DEL MUNDO Delfos llegó a ser considerado en su tiempo «el ombligo del mundo». Hoy sus "sagradas ruinas", enclavadas en un paraje montañoso fascinante, a 700 metros sobre el nivel del mar, son un polo de atracción para cualquiera mínimamente interesado por la historia griega. Cuenta la mitología que dos águilas, soltadas por Zeus en los dos extremos del mundo, se juntaron allí, en las estribaciones del monte Parnaso, donde las emanaciones vaporosas del fondo de las rocas alentaron la fantasía y dieron paso a la leyenda del Oráculo. Sus profecías traspasaron fronteras y atrajeron a demandantes de todo lugar y condición. La ciudad llegó a ser muy conocida y respetada en la antigüedad, gracias, en buena medida a su santuario, donde se encontraba el Oráculo. Las consultas religiosas, políticas y privadas provenían tanto de altos dirigentes, reyes incluidos, como de la aristocracia y del pueblo llano. Unos y otros deseaban conocer su futuro a cambio de una cantidad estipulada para el mantenimiento del recinto. En el santuario, la pitonisa, que era una especie de portavoz divina, transmitía lo que los sacerdotes interpretaban. En ocasiones ocurría que los peticionarios no entendían la respuesta. Algo así le pasó al rey Creso, a quien le contestaron que si cruzaba el río se perdería un imperio. Ávido de que confirmase sus pretensiones de conquista, el monarca consideró que el oráculo vaticinaba la victoria de su pueblo sobre los enemigos. Al pasar después lo contrario, los sacerdotes se justificaron respondiendo que no se había precisado a qué imperio se refería el vaticinio. Delfos llegó a tener 5.000 habitantes y disponía de templos, teatro, gimnasio e hipódromo, donde se celebraban los Juegos Píticos, anteriores a los de Olimpia. De todo ello quedan visibles restos, como las columnas del templo de Apolo, frente al cual se encontraba el ombligo de mármol, hoy en el museo, como símbolo del centro del mundo. También se conservan las gradas del teatro y el estadio-hipódromo, situado éste en la parte más alta del recinto, lo que exige al turista un esfuerzo que no todos hacen. Y es que la riqueza de la parte baja es tal que muchos visitantes se conforman con lo más accesible. Las sendas que comunican unos y otros monumentos, situados en la ladera, están empedradas, lo que no evita resbalones, sobre todo si llueve, lo cual es muy habitual por la zona. La niebla de la montaña añade magia y misterio a las sagradas ruinas, entre las que deambulan numerosos perros y gatos. Pese a que apenas si se conservan restos, las columnas e inscripciones son suficientes para que la imaginación aporte lo demás y casi se atisbe lo que llegó a ser aquel punto neurálgico del mundo antiguo. No hay que olvidar que Delfos fue la sede de la denominada Liga Anfictiónica, que agrupaba a las distintas ciudades-estado de la antigüedad. Lo mejor conservado es el reconstruido pequeño templo del Tesoro. Al final del recorrido queda una gratísima sorpresa: el pequeño y valioso museo, con piezas escultóricas fundamentales de los periodos arcaico y clásico, que, sorprendentemente, no han sido llevadas fuera. Dos jóvenes hermanos (kurós) de espléndida factura, frisos y una esfinge o leona alada preceden a la joya de la colección: el Auriga de bronce, una figura maravillosa, que deja al visitante el mejor sabor de boca posible. Además, te cuentan leyendas tan cautivadoras como la de esos dos jóvenes hermanos, que remolcaron a la diosa Artemisa cuando su carruaje se quedó sin caballos. En pago y agradecimiento por ello, mientras descansaban del esfuerzo, la divinidad les concedió la muerte, como máxima recompensa. Así les evitaría los padecimientos propios de la edad madura y la vejez. TEATRO Y SANTUARIO De los tres lugares propuestos, Epidauro es el más cercano de Atenas. Lo mismo que Micenas, se encuentra en la península del Peloponeso. Hay, pues, que cruzar por encima el Canal de Corinto, frontera artificial que facilita la navegación por el Egeo en una zona de gran tráfico marítimo desde hace milenios. Del esplendor pasado, a Epidauro, prácticamente en pie, sólo le queda el teatro. No es poca cosa, ya que, con sus gradas para 14.000 espectadores, está considerado el mejor conservado de Grecia. Además, es el número uno en acústica, lo que un verano tras otro siguen disfrutando quienes asisten a sus funciones. Tras admirar su belleza arquitectónica, acrecentada por el paisaje que lo enmarca, el turista es invitado a comprobar las excelencias de su acústica, basada en tres centros de sonido en la orchestra. Gracias a ello, las ondas sonoras se propagan hasta la localidad más lejana de forma nítida. Las pruebas de voz entre guías turísticos y visitantes certifican los conocimientos que, cuatro siglos antes de Cristo, ya dominaban los arquitectos griegos, en este caso Policleto el Joven, a quien se atribuye la obra. En verano, los aficionados al teatro clásico pueden seguir deleitándose con los textos de Sófocles, Esquilo y Eurípides. Y todo ello, en su ambiente, con los espectadores, incluso, ataviados con indumentarias propias de cuando aquellos primeros autores inmortalizaron la tragedia griega. Pero, ante todo, Epidauro fue famoso en el siglo VI a.C por la fundación del célebre santuario de Asclepios. Actualmente, sólo queda en pie el teatro, mientras que en la ciudad siguen las excavaciones. De hecho, Grecia es un inmenso campo arqueológico, empezando por su capital, Atenas. ![]()
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