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| Desierto de película |
| 09.10.09 - RODOLFO CHISLEANSCHI | |||
![]() Los deglet nour («dedos de luz», en árabe) se apoderan del viajero en cuanto pone un pie en el desierto del suroeste de Túnez, y ya no lo abandonan. Pueden ser dulces y vivificantes, pueden cerrarse como puños agresivos o, incluso, pueden hacer ilusionismo y llevarlo a otra dimensión, pero inevitablemente conducirán de la mano a quien recorra estos parajes cada día más asequibles, aunque todavía remotos y extraordinarios. Deglet nour es el nombre de la mayor delicia que pueden ofrecer los dos millones de palmeras que cubren los oasis de Tozeur, Nefta, Chebika y Tamerza, principales hitos de la ruta que lleva a las puertas del gran Sáhara, junto a la frontera con Argelia. Algún poeta de otros tiempos habrá reparado en el tono oscuro pero brillante, como el bronce sin pulir, de este tipo de dátil, el más valorado de los 164 tipos existentes, para regalarle un nombre que emite tanta dulzura como su pulpa. Degustados en el desayuno, a media mañana, como aperitivo, postre o guarnición, brindan sabor y energía a partes iguales, evocan a la vez la sombra reparadora del palmeral y el horizonte tórrido del desierto. Al mediodía, en cambio, los dedos de luz son los rayos del sol que caen como hachazos sobre la tierra reseca, se reflejan en la superficie del Chott el Jerid, el gigantesco lago de sal, o de su hermano pequeño, el Chott el Gharsa, crean espejismos y lagunas en movimiento donde sólo hay quietud, castigan las sienes, la piel y hasta el espíritu. Los deglet nour del inclemente sol del desierto recuerdan cada día quién manda en estas latitudes y aconsejan no desafiar su poderío. Tales parajes fueron escenario del ir y venir de ejércitos que buscaban apoderarse de Cartago o de la actual capital tunecina: númidas, romanos, vándalos, bizantinos, árabes, bereberes, almohades, turcos y franceses. Los españoles también se dejaron caer por el país, pero fueron más listos y, en 1535, atacaron por el mar para acabar, de paso, con la flota berberisca del pirata argelino Barbarroja. Túnez se convirtió así en un estado vasallo más de la Corona de España. Sus tropas ocuparon la costa, pero prefirieron no adentrarse en el desierto. Allí se quedaron, hasta que fueron expulsadas por el Imperio Turco en 1574. En 1943, el suroeste tunecino fue escenario de duros combates entre el Afrika Korps -en retirada hacia la capital tunecina- y el VIII Ejército británico. Sin embargo, los personajes más llamativos que la zona ha conocido fueron aquellos hábiles e imaginativos que a su luz sumaron cámaras y acción, para convertir estos rincones en platós de sueños y escenarios de leyendas. George Lucas fundamentalmente, pero también Anthony Minguella y Steven Spielberg aprovecharon la belleza cambiante y salvaje de la zona y levantaron aquí ciudades en planetas galácticos, montaron campamentos de la Segunda Guerra Mundial o buscaron arcas perdidas. Seguir las huellas de aquellos decorados no es fácil, pero tampoco imposible. El punto de partida debería ser una modesta y curiosa roca que alguien bautizó como Ong el Djemel («el Cuello del Camello»), y que se levanta no muy lejos de Nefta, justo en el punto donde se encuentran los tres tipos de desierto: sal, arena y roca. Muy cerca de allí todavía sobrevive Mos Espa. Los seguidores de La guerra de las galaxias, sabrán bien de qué se trata: es el pueblo natal de Anakin Skywalker, situado en el planeta Tatooine (nombre, por cierto, derivado de Tatouine, ciudad que se encuentra 350 kilómetros al este). Las pequeñas estructuras de techos redondeados -semejantes a las casas trogloditas de Matmata y Medenine, ciudades tunecinas que también fueron sets de filmación en diferentes capítulos de la serie-, los arcos, conos, cúpulas y respiraderos aún en pie nacieron en 1997, durante el rodaje del Episodio I: La amenaza fantasma. Hoy, el fantasma es el propio Mos Espa, un poblado de mentira en medio de la nada, pero que mitómanos y simples aficionados han transformado en atractivo turístico, ideal para visitar con la caída del sol, cuando las sombras se alargan hasta casi dibujar la figura de Natalie Portman entre las arenas. Para George Lucas, el desierto tunecino fue un auténtico hallazgo. También en La amenaza fantasma, Darth Maul observa la perspectiva que se obtiene desde la cúspide del citado Onk el Djemel, en tanto las planicies de la zona son el telón de fondo para las vertiginosas carreras de los Podracers. En el Episodio IV: Una nueva esperanza, Luke Skywalker contempla los dos soles desde el Chott el Jerid, cerca de donde estaba su casa, un punto de difícil localización pocos kilómetros al este de Nefta. Por ese mismo camino se llega a la Gran Duna, el lugar en el que transcurre una escena en la que C3P0 y R2D2 caminan sin rumbo por Tatooine. Por fin, el barranco de Sidi Bouhel, al este de Tozeur y en los límites del gran desierto de sal, es el cañón donde los Jawas capturan a R2D2 en la que fue primera entrega de la saga. Sólo unos años más tarde, Spielberg volvió a este mismo lugar para filmar una de las secuencias de En busca del arca perdida. Cuesta creer que ni uno ni el otro hubieran reparado en el cercano Kef el Dhel, un estrecho desfiladero en el cercano oasis de Tamerza que, desde la ignorancia, se diría que fue puesto allí para servir de plató a una persecución, ya sea terrenal o galáctica. A Anthony Minguella, el director de El paciente inglés, le interesaban más los espacios abiertos. En 1996 también reparó en el Cuello del Camello, e instaló a pocos metros de allí el campamento del conde Almásy (Ralph Fiennes), de cuya presencia aún resisten unos pocos restos. Minguella no pudo resistir la tentación de filmar la superficie brillante y magnética del Chott el Jerid, y encontró junto el antiguo puesto de caravanas de Tozeur, la principal ciudad del sudoeste tunecino, la cueva ideal para situar la muerte de Katharien Clifton (Kristin Scott-Thomas), el gran amor del malherido conde. Por supuesto, la región posee otros atractivos no registrados en la pantalla cinematográfica. Como la gran cascada de Tamerza o la pequeña de Chebika; la autenticidad del zoco y la medina de Tozeur, el color rojizo de los montes, la belleza de los oasis. Para visitarlos no son necesarias ni invitaciones de la reina Amidala ni aventuras al borde de la muerte; sólo es cuestión de dejarse llevar por los dedos de luz... A pesar de su aridez en el sur, en el norte de Túnez existen bosques de pinos, y en el noroeste prados, ideales para el ganado, en el noreste, así como huertos y viñas a lo largo de la costa oriental. Los elefantes, inmortalizados por Aníbal al usarlos en sus batallas, se han extinguido en Túnez. Los leones también desaparecieron hace siglos, utilizados por los romanos en sus espectáculos. Los colonos franceses casi llevaron a la extinción al ciervo de Berbería y algunas especies de gacelas. En el norte del país pueden encontrarse en los bosques jabalíes, mangostas, puerco espines y jinetas. Las avestruces, cabras salvajes y antílopes son protegidos en el Parque Nacional de Bou Hedma. En el desierto se puede encontrar al escurridizo fenec (el conocido zorro del desierto, que sirvió de apodo para el mariscal Erwin Rommel), así como escorpiones y víboras cornudas. Una especie de Varano también habita el desierto. El Parque Nacional del Ichkeul es un refugio de vida silvestre cercano a la capital, donde habitan aves acuáticas. Las aves migratorias, halcones, cigüeñas y águilas, llegan en primavera y otoño. El Tamerza Palace&Spa es el mejor hotel del suroeste tunecino. Situado sobre una colina ofrece unas maravillosas vistas sobre el oasis y el pequeño poblado de Tamerza, y a través del desierto de rocas y arena que lo rodea. ![]()
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