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| La 'milla de cuero' de Fez el-Bali |
| 10.04.09 - SERGIO GARCÍA | |||
LAS PISTASMucho antes de que inventaran la milla de oro de Rodeo Drive, los Campos Elíseos o Vía Veneto, relucientes escaparates de la mano de Vuitton, Versace o Dolce&Gabanna, primero fue la milla de cuero de Fez el-Bali, el pintoresco barrio de la capital imperial más antigua de Marruecos. Claro que en el comercio ya se sabe: la máxima es renovarse o morir. Y en la llanura agrícola que se abre entre las montañas del Rif y la cordillera del Atlas, las cosas apenas han cambiado en los últimos 1.200 años. La ciudad vieja se levanta a orillas del wad Fez, el río que da nombre a la ciudad y que sigue nutriendo de agua las tinas donde se curte la piel de ovejas, cabras, terneros y camellos, la materia prima de la que se alimenta la tierra de los curtidores, el hogar de la marroquinería. El casco antiguo que atrae todas las miradas hunde sus raíces en los albores de la Edad Media. Entre sus pobladores están los tunecinos que llegaron expulsados desde la medina de Kairouan. De allí toma el nombre la mezquita más importante de la ciudad, Karaouiniya, la primera universidad de Marruecos. Allí acabaron también cientos de moriscos arrojados de España y cuyos descendientes se cuentan hoy por decenas de miles. Tienen su propio barrio y sus sentimientos son contradictorios: se saben depositarios de una tradición milenaria, pero como relata el que fuera ministro de Trabajo Manuel Pimentel en su libro La ruta de las caravanas, miran con resentimiento aquella España «que bebió la sangre de Andalucía y parasitó su talento». La entrada a la ciudad no deja indiferente a nadie. La carretera se descuelga desde el yacimiento romano de Volubilis entre colinas ocres, pueblos sin pavimentar y olivares. Aquí un vendedor de granadas, allí otro de fósiles; los gendarmes parapetados detrás de un árbol, apuntando a los coches con radares que parecen salidos de un todo a cien. El primer vistazo es como un fogonazo: desde las tumbas de los benimerines, la medina parece una madeja de calles a la que resulta imposible encontrarle el hilo. Atrás queda el Palacio Real, la kasbah, la muralla que envuelve en un abrazo de piedra todo lo que abarca la mirada. De colores Dejar el coche en el parking que hay junto al río estremece. Carretas, motos cargadas de mercancías, recuas de asnos -taxis de la montaña les llaman allí-, sepultados por montañas de pieles todavía sin curtir que despiden un olor espantoso. Uno no puede por menos que encomendarse a Alá para encontrar el vehículo tal y como lo ha dejado. Camino del Zouk el-Attarine, las callejuelas discurren entre telares artesanales, adarves de inspiración andaluza, teterías donde estrechar lazos con el paisanaje... Las llamadas de atención son constantes, una de ellas desde una cooperativa a cargo de mujeres que se ganan la vida -y bastante bien, por cierto- vendiendo aceite de argán. Muelen la almendra y obtienen una mermelada de aroma delicioso, que lo mismo convierten en aliño para ensaladas que en cosméticos. La calle se va estrechando hasta parecer un pasadizo, el espacio constantemente invadido por bestias de carga. El aire se impregna de un olor nauseabundo al paso por Chouara, el barrio de los curtidores, donde decenas de personas chapotean con el agua hasta los muslos en tinas repartidas por el patio como un inmenso juego de mesa. El proceso no ha cambiado en mil años. Primero se elimina cualquier resto de pelo o carne del animal, y se sumerge a continuación en una solución elaborada a partir del granado o la mimosa. Luego se enjuaga en cubas y pasa a otro preparado, este grasiento, para curtir el tejido, que se cuelga entonces por fachadas y balcones. Una vez seco, el cuero se tiñe y, después de escurrida el agua, los artesanos lo cepillan hasta dejarlo flexible, brillante, bruñido como una joya, listo para convertirse en babuchas, bolsos, carteras o sofás. Palomas y nubes de abejas De vuelta a las calles, el pasadizo se abre de pronto a la plaza el-Seffarine para zambullirse de nuevo en el zoco más apasionante, repleto de quincalla, de alfombras, de ropa, de joyas; un rastro gigantesco donde se amontonan toneladas de mercancías al lado de talleres de reparación de electrodomésticos, todos en un espacio minúsculo, pero a lo largo de una avenida esclerótica que parece no tener fin. El recorrido depara sorpresas como la madrasa el-Attarine, de los especieros, adornada con filigranas imposibles y alicatados zellij que dejan mudo de asombro. O la gran mezquita Karaouiniye -prohibido el paso a los no creyentes-, con los vendedores de dulces a la puerta envueltos en nubes de golosas abejas. O escuelas asomadas a la vía pública, donde niños de apenas tres años recitan versículos del Corán. O restaurantes de lujo como Le Bonheur, donde degustar harira, tajín de albóndigas o cuscús. Desde allí, el circuito continúa en ligera pendiente hasta la zaouia de Moulay Idriss II, el lugar más santo de la ciudad y donde se conserva la tumba de uno de sus fundadores. A sólo unos metros se levanta el fondouc el-Nejjarine, un palacio rehabilitado que fue primero pensión, luego cárcel y que, finalmente, ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Sus tres plantas ofrecen una sucesión de museos, desde el de la madera hasta el dedicado al Corán, con ejemplares fabulosos, alguno encuadernado en vitela -delicados pergaminos procedentes de corderos no natos-. El premio final es la panorámica desde la terraza, abierta a bandadas de palomas blancas que sobrevuelan tejados, kasbahs y alminares de una de las ciudades más bellas del Magreb. El zoco entronca allí con la calle el-Cherratine, o de los sogueros. Desde el otro lado de un adarve se escucha de pronto un tumulto de gente. En un patio interior rodeado de casas desvencijadas, los vecinos se entregan a una violenta disputa. Al parecer, un hombre ha vendido la misma casa a dos familias distintas y la Policía se emplea de modo expeditivo para desalojar a una de ellas. El patriarca desahuciado clama justicia desde un tejado, mientras su familia se desgañita en la calle entre jergones y muebles tirados por el suelo como una ruina. Solos en medio de la multitud. De vuelta al zoco, el empedrado se estira en meandros sacados de Las mil y una noches. A la derecha la madrasa Bou Inania, con los suelos de mármol y ónice, la fuente de las abluciones como en un relato de Washington Irving, las celosías envolviendo las salas de estudio... El Talaa Kebira se abre a la luz, al fondo la puerta Bab el-Mahrouk. Y uno se pregunta entonces si la entrada no es final. O si sólo es el principio. ![]()
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