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| Cala de los Testos |
| 01.05.09 - LA VERDAD | |||
![]() CÓMO IR, COMER...Para Azorín, el Peñón de Ifach estaba teñido «de un rosa tenue que a la vez es violeta desleído; acaso en el violeta y el rosa se mezcla un poco de oro, el oro del crepúsculo vespertino que enciende todo el horizonte y refulge sobre el azul del mar, que ahora es de añil intenso, oscuro». Después de caminar hasta cala Llebeig, playa recóndita y de difícil acceso, la luz y la tibieza de esta primavera excita e incita a bañarse en la tarde agonizante de Benitachell, término de la Marina Alta habitado por euroresidentes, turistas, artesanos y pescadores que salen a capturar la sepia y el calamar en Cala Moraig, también nombrado al-Moraig para dejar constancia de su pasado árabe. Una urbanización de casitas blancas coronan un paisaje que aparece dividido por el relieve del Pico Llorensa, coletazo bético de 440 metros de altura, una franja litoral que esconde grutas naturales de inquietante belleza y un par de caletas escondidas a las que se puede llegar en hidropatín. Hay que dejar atrás la Cumbre del Sol, urbanización de notables proporciones desparramada por la ladera oriental del Puig Llorensa, desde cuya cima se divisa el Peñón de Ifach y el Montgó, dos hitos emblemáticos de la Costa Blanca. Algunas guías recomiendan descubrir estos paraísos de la Marina Alta en febrero, cuando florece el almendro, pero otro tanto cabe decir de la primavera. Todos los escenarios y estaciones ofrecen suficientes atractivos para husmear en los montes y labrantías, en la subasta del pescado, en el mar transparente de El Portet o en el Cabo de Oro. La cala de los Testos es para robinsones. Ceñida por altos roquedos, el sol espejea en el agua y reverbera en las paredes rojizas. Aseguran que los bronceados de esta franja litoral son diferentes. Se dan aquí condiciones climáticas especiales, razón por la cual el sol brilla más de 300 días al año y la temperatura media anual es de 21º C. Esto también afecta positivamente al agua, que alcanza niveles térmicos de 26ºC en verano y nunca baja de los 14ºC en pleno invierno. En ocasiones se siente un calor africano, sobre todo en las manchas de pinar que se asoman a los miradores perfumados por el sotobosque mediterráneo. Escarpado litoral Desde ciertas alturas el excursionista alerta sus sentidos, sigue con prismáticos el vuelo en picado de las gaviotas, rastrea en el horizonte la torre de defensa que prevenía de los ataques piratas, sufre el vértigo de los acantilados, envidia a los que se broncean en la cala de los Testos y, finalmente, decide zambullirse en una playa de guijarros y arena: La Granadella, una de las más abrigadas de este litoral escarpado que ofrece casitas en alquiler a pie de playa y un par de restaurantes con terrazas al mar, un minúsculo núcleo de población que recuerda la costa mejicana, alfombrada de pinos que parecen rodar por los acantilados. La anchura del mar, vista desde el morro del Castillo, despierta el deseo de hacerse a la mar y conocer la panorámica inversa. Jávea posee más de 25 kilómetros de litoral formado por grandes escarpes rocosos. En estas cresterías subsiste una fauna y flora de alto valor ecológico, y en algunos islotes próximos, como el Descubridor y el Portichol, se ven importantes colonias de cormoranes y aves marinas. Esta costa atesora una sucesión de puntas, morros, islotes, acantilados y playas frecuentadas en todo tiempo, pues sólo en Moraira están censados más de un sesenta por ciento de residentes que disfrutan durante todo el año de la calma y tibieza de sus aguas. Prueba de ello es la playa de El Portet, dormida en el regazo del cabo de Oro, lengua rocosa en cuya cumbre se yergue una de las torres vigías que Felipe II ordenó construir en el siglo XVI para avisar a las poblaciones vecinas de los ataques berberiscos. En el lomo del cabo se halla la cueva de la Cendra, habitada desde el paleolítico superior (15.000 a. C.). A este bastión legendario acudieron otras culturas primitivas que dejaron en el morro del Castellar pinturas rupestres esquemáticas y restos de cerámica. Desde aquí se domina el espacio marítimo comprendido entre el peñón de Ifach y el cabo de la Nao, tan sugerente como la claridad de unos fondos marinos donde se alternan manchas de posidonia oceánica, lechos de arena y losas superpuestas, refugio de pulpos, sargos, salmonetes, doncellas... Si amaina el viento, el Mediterráneo se ofrece bruñido y espeso. A pie de playa, entre pinos, olivos y algarrobos, acampan adictos a la naturaleza que llegan en caravanas bien pertrechadas que cocinan al aire libre, tienden la ropa al sol, juegan a la petanca o caminan por este tramo de costa escabrosa, pelada y salvaje, salpicada de cantiles, peñascos y miradores que obligan a detener el vehículo en un arcén y gozar del paisaje, o si lo prefiere, a bajar por una de las ramblas verdecidas de aladiernos, romeros, palmitos y brezos, que llegan hasta la orilla y se ocultan de miradas ajenas. De la torre del cabo de Oro a Granadella verá un collar de calas que se engarza con el litoral de Jávea. Son los últimos coletazos del Sistema Bético, la cordillera alpina más importante de la peninsula Ibérica, un paraje grandioso e inesperado, y es que la Costa Blanca esconde una sucesión de playas de arena y cantos rodados, muchas de ellas accesibles por mar o a través de ramblas de cursos torrenciales, como la de los Testos (los Tiestos), que en el último tramo de la ruta hay que ayudarse de cuerdas para bajar o subir. El tiempo estimado es de 20 minutos para ir y otros tantos para volver. Máxima dificultad. Mejor alquila un hidropatín. TEXTOS y FOTOS:
JOSÉ MARÍA GALIANA ![]()
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