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| Castillos de pezuña de buey o planta mixta |
| 01.05.09 - J. M. GALIANA | |||
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De Calpe a Denia, entre el peñón de Ifach y el macizo del Montgó, hay 50 kilómetros de acantilados que superan los 150 metros de altura, parajes emparentados con los de la Costa Brava, cabos San Antonio, La Nao, Negro y San Martín, playas de Moraira y calas íntimas como La Granadella. El castillo de Moraira, a cuyo amparo creció la ciudad, está restaurado y pertenece a los de planta mixta llamados de pezuña de buey. Abunda en la costa alicantina y almeriense -Garrucha, Mojacar, Cabo de Gata- pero no en la murciana. Los muros de mampostería están revestidos de sillares, y sobre la puerta de acceso, labrado en piedra, verá el blasón de los Borbones. Construido en 1742, durante el reinado de Fernando VI, los cuatro cañones de bronce encargados de su defensa no fueron suficientes para impedir que los ingleses lo derribaran el 29 de julio de 1801. Al atardecer, los vecinos de Moraira suelen andar con parsimonia por las playas y roquedos, o en torno al castillo, para disfrutar de la puesta de sol, una experiencia que excede de lo común, pues en ocasiones se producen atardecidas dramáticas que regalan al visitante sus últimos reflejos, agónicos fogozanos, arresoles que tiñen de sangre este mar en calma. Moraira es un remanso de luz y de paz. Cuando amaina el viento el Mediterráneo se ofrece terso y espeso, como una balsa de aceite que besa las Platgetes y los cimientos del castillo del siglo XVIII artillado con cuatro cañones. Ahora, por ventura, la guerra queda lejos. A pie de playa acampan amantes de la naturaleza llegados en lujosas caravanas que cocinan al aire libre, tienden la ropa al sol, juegan a la petanca, caminan sobre los cantos rodados de L'Andragó para ver como muere el día y se enrojece el mar, las cepas de uva moscatel, los almendros, el pinar, las casas encaladas, la escollera, el cabo de Oro y los fondos cristalinos de la playa del Portet. ![]()
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