CEREAL. Comparte espacio con dilatadas pinadas.
Pasadas las lluvias, el campo de Hellín luce un ropaje multicolor: el ocre de las sembraduras, el verde del olivar, el rosa de los almendros en flor. Al dejar atrás Elche de la Sierra el paisaje hace un guiño y se ofrece más encumbrado y serrano; lo que ahora predomina es la tierra rojiza, los apriscos para el ganado, la caricia del pinar, la nieve que corona las cumbres. Hay que pasar el Puerto del Peralejo (1.100 metros) y tomar la curva donde mana la Fuente de la Plata para obtener una despejada perspectiva del valle de las Truchas, que así se llamó siglos atrás el cauce del río Mundo desde su nacimiento en Riópar hasta Mesones. Éste es un viaje a la utopía, un itinerario sentimental en pos de la nieve, la lluvia y las heladas que se enseñorean de los ríos y aumentan su caudal para que los alevines de trucha común naden contra corriente. Los amores de estos peces empezaron en otoño, y entre Navidad y marzo se abren los huevos en una proporción asombrosa: diez mil por hembra, aunque esta especie depende de la reproducción, no como la descrita, sino de la artificial, llevada a cabo en piscifactorías; para más adversidad, se enfrenta a la introducción de otras variedades ajenas a nuestras aguas, como la trucha Arco iris.
Es una paradoja que la trucha común y el salmón, los peces más hermosos y tenaces de nuestra fauna, aquellos que llegaron a dominar masivamente los tramos altos de nuestros ríos, carezcan de aguas libres y limpias, y se les niegue la posibilidad de ser libres e independientes. El Mundo, el gran afluente del Segura, siempre fue un río truchero; lo confirma su condición de río montano, la piscifactoría y los cotos intensivos próximos, las asociaciones de pescadores deportivos y la toponimia: siguiendo la senda que asciende hasta la gruta donde nace el río, a mano izquierda hay otro camino que conduce a la evocadora charca de las Truchas, poblada en otro tiempo por miles de alevines.
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