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30.01.09 - MANENA MUNAR
Urbe de bohemios
DIVERSIÓN. La plaza de Ceske Budejovice, convertida en una pista de patinaje. / M. MUNAR

La Boheme. Al pronunciar sus letras el aire se tiñe del romanticismo y de la penuria que este vocablo entraña; artistas incomprendidos, aristócratas venidos a menos, un cierto desdén por lo establecido y un gran amor por la vida. Y sin duda, Praga es el reino de la Bohemia, se siente en sus piedras y se adivina en el gesto displicente de su gente. Pero hay otra Bohemia más allá de Praga, tan bella y sugerente como su capital.

De viaje por Bohemia del Sur, las sorpresas se suceden. El castillo de Karlstejn, que se alza imponente dominando la llanura, los ríos Moldava y Voltava, presentándose sin previo aviso en un recodo del camino, el pueblecito barroco de Hluboka, con el espectacular castillo que servía de residencia de caza a los Schwarzenberg y cuyo anexo se ha convertido en un hotel de lujo. También es escenario de la mítica taberna del Buen soldado Sveik, honrando la memoria del personaje nacido de la pluma de Jaroslav Hasek que pasó a la gloria por carecer de ella.

Destaca igualmente la hermosa plaza de Ceske Budejovice, convertida en pista de patinaje por la que se deslizan niños y mayores que con sus alegres ropajes invernales dan un toque de color al cielo plomizo y al suelo de hielo y nieve.

La colonización de Bohemia del Sur data de los siglos XI y XII y en ella tuvieron un papel primordial la familia de los Vitek secundados por las dinastías de los Rosenberg, Eggenberg y Schwarzenberg, que aquí se instalaron procedentes de Baviera y Austria.

Aquí construyeron unos bellos pueblos de perfiles barrocos. Aquí levantaron fábricas de la bebida nacional, la cerveza, cuya fama viajaría por el mundo entero. Y aquí se formaron legendarios vidrieros que, tras el descubrimiento de ese característico cristal opaco negro y rojo, convirtieron a la ciudad en un reducto de artistas y alquimistas.

Poca industria hubo y hay en el sur de Bohemia, lo que contribuye a que sus pueblos permanezcan impecables y su estampa se asemeje a la de los cuentos infantiles. Semejanza notoria en Cesky Krumlov. Tejados de teja roja y pizarra por los que se escurre la nieve, cúpulas panzudas del barroco, la curva sinuosa del río Voltava que envuelve la urbe en su meandro y la presencia de la Torre Roja del Castillo, que fijan la estampa de la fábula.

Setecientos años

Ya capturados por su fuerte presencia, pero con más calma, descubrimos poco a poco los otros encantos de la ciudad: las fachadas decoradas con imaginativos diseños y pintadas de vivos colores, las acogedoras tabernas por las que se escapan aromas deliciosos y sus interesantes museos.

Cesky Krumlov es una pequeña ciudad, pero ofrece una amplia oferta histórica, cultural y natural. Así lo percibió National Geographic, que incluyó a la localidad entre los veinte lugares con más encanto del mundo. La ciudad celebra este año el 700 aniversario de su fundación por Jindrich I, de la poderosa dinastía Rosenberg. Tras los Rosenberg, otras familias aristocráticas vivieron y deambularon por el castillo, como los Eggenberg y los Schwarzenberg, que dejaron su huella arquitectónica en la fortaleza y palacio, en el que se combinan el gótico, el renacimiento y el barroco, que hoy se reflejan en corredores, salas de espejos, salón de máscaras y en la torre más hermosa de Bohemia, la Torre Roja, que domina la ciudad. Su porte es renacentista, sus hornacinas y alféizares son simulados, puros trampantojos, y allá en su cima, entre pequeños torreones, se divisa la vista más espectacular de la ciudad: el meandro del Voltava, las iglesias de San Vito y San Justo y el barrio de Latrán, el más antiguo de la urbe. Junto a la fortaleza está el teatro circular al aire libre, donde se celebran óperas, conciertos y ballets.

Y para descansar entre tanto monumento, no olvidemos que la ciudad es también famosa por la fabricación de algunas de las cervezas con más solera de Bohemia.

Tras abandonar el túnel del tiempo que supone la visita al castillo, nada más reconfortante que una jarra de la dorada Eggenberg en alguna de las tabernas de la calle Parkan por las que corre la cerveza y se degustan platos contundentes de caza, pesca o de un cochinillo asado sin prisas. Las mesas de madera de pino son para compartir entre varios comensales. En sus bancos se sienta el primero que llega y, tras un par de «cañitas» checas, es fácil que acabemos entonando algún canto nacional al son del acordeón. A los músicos que amenizan la calle no les importa en absoluto la lengua, el desacompasado ritmo o el desafinado del espontáneo.

Desde el puente de madera Lazebnick se puede contemplar cómo el sol rosa del invierno se posa sobre las aguas del Voltava y le da al castillo un aire aún más irreal. Una luz dorada irradia de los muros de la fortaleza iluminando el río, el molino de madera y el barrio Latrán.

Titiritero mundo

Y en los escaparates del Museo de Marionetas, los muñecos de madera devuelven la mirada e invitan a penetrar en su santuario, donde parecen cobrar vida al representar la historia de su arte, los ciclos de la vida y la presencia del bien y del mal en este mundo. Veremos a un esqueleto vestido de novia codeándose con un entrañable demonio. Los trajes y atuendos de las marionetas están confeccionados con minuciosidad . Algunas de las escenas cotidianas que escenifican parece que las estuviéramos viendo en la propia calle, de tan reales que son.

Tras este titiritero mundo, conviene acercarse a visitar la galería del pintor austriaco Egon Schiele, artista que escandalizó a la sociedad de su época con sus obras cargadas de soledad y erotismo, muy ligado a la localidad bohemia de Cescy Krumlov.

De vuelta al hotel, a la luz de los farolillos aparecen detalles que a primera vista pasaron desapercibidos: un cartel antiguo, un farol especial, las pinturas de las fachadas, un luminoso anunciando cerveza. Y, quién sabe, incluso puede que topemos con el fantasma más popular de la ciudad, el fantasma Perchta, con sus guantes negros para los días aciagos y blancos para los alegres.

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