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En Atenas se siente el pulso de la Historia
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13.11.09 - LUIS ORCHE

Romanos, bizantinos y otomanos también dejaron su huella en una urbe siempre codiciada

En Atenas se siente el pulso de la Historia
La torre de los vientos sostenía una enorme veleta./ G.Z.

Atenas es una de las ciudades elegidas para explicar la historia de la cultura con mayúsculas. Primero, desde el arte, representado en la colina más famosa del mundo: la Acrópolis (ciudad alta); y, seguidamente, desde la filosofía, la política y el teatro, que se apoyaron en otras tantas disciplinas no menos importantes, como la oratoria. Todas ellas alcanzaron su gran momento en el llamado Siglo de Pericles. Tuvo entonces que haber tal cúmulo de riqueza intelectual que todavía, 25 siglos después, sus gloriosas ruinas atraen a millones de turistas.

Es tal la grandeza de los templos de la Acrópolis, con el Partenón al frente, que la ciudad en su conjunto, sin desmerecer, no está a la altura de la belleza de sus sagradas ruinas. Y cuando nos referimos a tan histórico lugar, incluimos sus aledaños, donde se encuentran los principales monumentos, como los teatros de Dionisos y Herodes Ática, y el Ágora, a un tiro de arco de allí, con el templo de Hefesto, el mejor conservado de Grecia.

La visión de la Acrópolis, de día o de noche, fascina. Primero, desde lejos, y después, tanto o más, desde cerca, cuando entras por los Propíleos y avistas, en la parte más alta, el templo clásico más conocido del mundo: el Partenón, de estilo dórico, 70 metros de largo y 30 de ancho, con sus 17x8 columnas de más de 10 metros de altura. La impresión recibida es similar a la del turista en Egipto cuando llega a la gran fachada de Abbu Simbel al templo de Karnak o a las pirámides de Gizeh. Son obras universales, hitos insustituibles de la humanidad. Si la suerte acompaña y no hay restauración en marcha, la felicidad es completa.

No obstante, hay que comprender que las restauraciones son imprescindibles para conservar los monumentos, pero el turista siempre espera que no le toque a él ese periodo de mantenimiento, lo cual en una obra tan compleja como el Partenón es difícil. Según nos contaron, últimamente los técnicos estaban quitando el hierro de la anterior restauración para evitar la oxidación. No obstante, el templo tiene tales dimensiones que siempre permite admirarlo, a pesar de que los andamios tapen alguna zona. Y, efectivamente, compruebas como la ligera curvatura de las columnas corrige el error óptico del ojo humano a fin de que se vean rectas. Es uno de los llamados retoques ópticos para conseguir la máxima armonía estética.

DOS ARQUITECTOS Y UN ESCULTOR

Así los dispusieron los arquitectos Ictino y Calícrates, bajo la supervisión de Fidias, el gran escultor del templo (447-438 A.C.), que fue reconstruido por orden de Pericles, tras haber sido destruido por los persas. Tratas de imaginar lo que pudo ser, con la gran estatua en bronce de Palas Atenea, recubierta de oro, marfil y piedras preciosas, al fondo de la naos, presidiendo la estancia, con sus nueve metros de altura y su lanza, que, según dicen, cuando brillaba el sol, se veía desde el mar. Y por fuera, el friso, en bajorrelieve, con escenas míticas de amazonas, centauros y gigantes, que en su mayor parte se encuentra en el Museo Británico. Una vez inaugurado el nuevo Museo de la Acrópolis, las autoridades inglesas carecen de excusas para devolver las piezas.

La famosa estatua de la diosa, durante el dominio turco, fue trasladada a Estambul, donde la destruyó un incendio. Su casa, el Partenón corrió la misma suerte en varias ocasiones. Uno de los episodios más lamentables sucedió cuando lo convirtieron en polvorín y un cañonazo del ejército veneciano (1687) impactó en su interior y destruyó el techo.

El Partenón, por sí solo, justifica el viaje a Atenas, sin que ello suponga restar interés a los otros templos de la roca sagrada, como el Erecteion (La casa de Erecteo), con su famoso porche de las Cariátides, compuesto por seis estatuas de sacerdotisas que ejercían de columnas.

Desde hace años seis copias sustituyen a las auténticas, para evitar su deterioro. Cuatro de ellas se pueden admirar en el Museo de la Acrópolis y - cómo no - otra en el Británico. La restante se encuentra en un almacén debido a su mal estado. .

Completan el recinto sagrado el pequeño templo de Atenea Niké y la entrada al santuario, conocida por los Propíleos, actualmente en restauración. Las fuentes históricas señalan que la ciudad alta disponía de otras estancias y numerosas estatuas de gran valor. Todas ellas fueron robadas o destruidas.

EL TEATRO DE DIONISOS

El Teatro de Dionisos (s. VI A.C.), en la pendiente sur de la Acrópolis, está considerado el primero de la historia, y fue escenario de los mon-

- tajes de Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes. En donde estuvo el Odeón de Pericles, destruido en el 86 A.C. por un incendio, actualmente se celebran actuaciones musicales. Mejor conservado y, de hecho, adaptado para seguir utilizándose en la actualidad, está el Odeón de Herodes Ático (161 D.C.).

Ya fuera del recinto de la Acrópolis, se encuentran los templos de Hefesto y de Zeus Olímpico, el primero excelentemente conservado, y el segundo con una pequeña parte de las columnas que compusieron un bellísimo recinto romano, del que también se conserva parte de la Puerta de Adriano.

Además, dentro y fuera de Atenas hay numerosos vestigios históricos, como el reconstruido Estadio Olímpico, donde se celebraron los primeros Juegos de la era moderna (1896) y la roca del Aerópago, donde se reunían los atenienses en asamblea, lo que es considerado como el germen de las primeras sesiones democráticas. Y desde, según cuentan, predicó San Pablo.

LOS MUSEOS

Estos valiosísimos restos arqueológicos al aire libre hay que completarlos con la obligada visita a los museos, como el Nacional de Arqueología y el de la Acrópolis, abierto este año tras su ampliación. En ellos hay piezas que figuran en cualquier libro de arte mundial. El Moscóforo (hombre con ternero a hombros), las Cariátides, una parte del friso del Partenón (las Hidróforas), las Korés, el Jinete Rampín, la Atenea Pensativa y el Efebo Rubio son algunas de las obras más conocidas.

Y, en el Nacional de Arqueología, con unas instalaciones desfasadas, hay verdaderos tesoros, como el de las tumbas reales micénicas, con la máscara dorada del rey Agamenón; los frescos del palacio de Micenas, la colosal estatua arcaica del Kuró de Sunion, la formidable efigie de Zeus-Poseidón, hallada bajo el mar, cerca del cabo Artemisión; la estatua de un caballo y su jinete, conocido por el Auriga; un atleta de Polícleto, un efebo de Praxíteles, el complejo de Afrodita y el rey Pan, más la rica colección de tarros y ánforas.

Los demás barrios atenienses también tienen su encanto. Precisamente, al pie de la Acrópolis surgió el barrio de Plaka, uno de los más populares y típicos de la ciudad, formado, precisamente, por los trabajadores que la construyeron. Hoy está repleto de restaurantes, tabernas y tiendas de recuerdos.

En el centro se encuentran los principales edificios político-administrativos, como el Parlamento y el monumento al Soldado Desconocido, en uno de los laterales de la plaza Syntagma. Allí están también varios de los hoteles más prestigiosos, como el Gran Bretaña, muy ligado a hechos históricos relevantes de la Segunda Guerra Mundial.

Y en una de las vías principales, que parte de la citada plaza, la avenida Panepistimiu, y desemboca en la otra gran plaza de Atenas, la de Omonia, se construyeron en el siglo XIX tres elegantes edificios neoclásicos (la Academia, la Universidad y la Biblioteca Nacional). Adornados con estatuas de Atenea y Apolo, pretenden recordar el antiguo esplendor ateniense.

También hay destacadas representaciones de la época bizantina, con pequeñas iglesias, incrustadas entre arquitectura moderna.

CASAS SIN APARCAMIENTOS

Desde las numerosas colinas existentes. y mejor todavía, desde el monte Licabeto se disfruta de una excelente vista de esta urbe, que ronda los cuatro millones de habitantes, y que, según nos comentaba un taxista, tiene un grave problema de aparcamientos, pues la mayoría de las casas no disponen de plantas subterráneas. De ahí que las calles estén atestadas de coches aparcados, que apenas dejan espacio para circular.

En cuanto a la gente, confieso que sería incapaz de distinguir a un griego de un español, salvo por el idioma. Son tan semejantes a nosotros que algunas veces hasta creía poder entender lo que hablaban. No hay duda de que compartimos la misma cultura mediterránea, aunque, lógicamente, su posición geográfica se note, con influencias turcas y balcánicas.

El puerto principal de Atenas es El Pireo, uno de los grandes del Mediterráneo en tráfico marítimo. A los de mi quinta todavía nos suena una canción muy pegadiza llamada Los niños de El Pireo, antes de que en España se popularizase el sirtaki, con la película Zorba el Griego, interpretada por Antony Quinn.

Los atenienses son hoy un pueblo despierto a los nuevos tiempos, para quienes su riqueza histórico-cultural, más que un peso, es un acicate que les empuja al inconformismo. Los graves sucesos de hace casi un año fueron el reflejo de cómo palpita su juventud.

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