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Helsinki, imaginación y diseño
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17.07.09 - MANENA MUNAR
Helsinki, imaginación y diseño
ESTILO NEOCLÁSICO. Vista de la bahía de la ciudad, con la Catedral al fondo. La semejanza con San Petersburgo es evidente. / MIKO PAANANEN

A lo largo de su movida historia, Finlandia unas veces fue parte de Suecia, y otras de Rusia. Ahora es ella misma. Pero tampoco quiere olvidar el bagaje cultural e histórico que ha heredado de su pasado. Y hoy, historia, recuerdos, leyendas y costumbres se han fundido con el latido ultramoderno de Helsinki, que se ha convertido así en una de las capitales más vanguardistas de Europa sin perder por ello el peso de su tradición neoclásica, procedente de San Petersburgo.

Unas 568.000 personas viven en la propia ciudad de Helsinki. El área metropolitana (sumados los municipios de Espoo, Vantaa, Tapiola y Kauniainen) tiene una población de casi un millón de habitantes en total. Incluyendo otros municipios cercanos la población es de alrededor de 1,3 millones de personas. Uno de cada cuatro fineses viven en esta Gran Helsinki. Esta conurbación contribuye aproximadamente con un tercio del producto nacional bruto del país.

Su renta per cápita es 1.5 veces más alta que el promedio nacional, convirtiendo a Helsinki en una de las ciudades más opulentas de Europa.

La economía de Helsinki se basa principalmente en el sector servicios, que ha ido desplazando gradualmente a la industria pesada. La mayoría de las grandes compañías finlandesas tienen sus cuarteles generales en el área metropolitana de la ciudad, a causa de las conexiones internacionales, redes logísticas y disponibilidad de fuerza de trabajo. Los sectores de las tecnologías de la información y la banca financiera componen la columna vertebral de la economía de Helsinki.

La capital de Finlandia es una ciudad fácil de recorrer, especialmente en los tranvías que comunican los puntos neurálgicos.

La Explanada, su vía principal, es un bellísimo bulevar con arquitectura neogótica que conduce al puerto, de donde salen los «ferries» para las islas de su bahía y a donde llegan los grandes cruceros que vienen de Estonia, Suecia, Rusia y Alemania. Lo más sobresaliente de Helsinki es su comunión con la naturaleza. Es como si los bosques se adentraran en sus calles y el Báltico se reflejara en sus ventanas.

En invierno, la estampa de los esquiadores, patinadores y jugadores de hockey sobre hielo le dan un aire de lo más deportivo a la ciudad. En verano, llegan los aficionados a la navegación y los temerarios bañistas en una ciudad siempre en comunión con su entorno natural.

Al visitante que acaba de llegar a Helsinki es fácil que le sorprenda topar con algunas tiendas en las que se venden objetos estrafalarios y vanguardistas, todas con su toque peculiar. Estamos en el «Distrito del Diseño», donde la ciudad muestra su cotidiana explosión de creatividad.

El diseño es ya un fenómeno globalizado. Pero en la capital finlandesa hay una fuerte conciencia de lo propio, de lo autóctono y personal, que se traduce en el celoso deseo de conservar la artesanía y las tradiciones locales. Su industria del diseño está así muy fuertemente enraizada con el medio y las circunstancias locales en que se desarrolla.

Hay pocos países cuya situación geográfica invite tanto a la creatividad como Finlandia y que hayan fusionado con tanta destreza tradición y nuevas tendencias.

Porque el diseño finlandés no es de un fenómeno de hace dos días. Ya en 1875 se fundó la Sociedad Finlandesa de Artesanía y Diseño, con el deseo de incorporar las nuevas creaciones a la vida cotidiana de la gente, y la pretensión de que sus obras fueran tan estéticas como prácticas.

En la pequeña Finlandia, por otro lado, el número de artistas y diseñadores es inmenso. Desde los más humildes artesanos y pequeños creadores hasta gigantes como Alvar o Aino Aalto pasando por Aarmi y Viljo Ratia, fundadores de la firma Marimekko, donde Jacqueline Kennedy se compró siete modelitos en los años 60, o Aleksi Perala diseñador de la firma Iittala para la que ha creado la nueva línea de vidrio «Ote».

Y es que, como resume Perala, haber nacido y crecido en un lugar con tanta falta de luz como Finlandia les ha ayudado a buscar sus propias fuentes de luminosidad.

En apenas dos manzanas se pasa de la década de los 50 del siglo XX al futuro de 2050. Uno encuentra lo que parecen unas bonitas flores para adornar la solapa, pero que en realidad son cremalleras ocultas. Las corbatas último modelo que muchos querrían para epatar son en realidad automovilísticos cinturones de seguridad conseguidos en algún cementerio de coches. Y unos collares que parecen de perlas, al mirarlos de cerca, resulta que son una hábil metamorfosis de viejas teclas de móviles. ¿Y ese modelito de franela marrón, monísimo y original? Es un pantalón de hombre que, vuelto del revés, se convierte en parte de un traje femenino, casi un traje sastre.

Anna Heino tiene una pequeña joyería en la que dan ganas de entrar y pocas de salir. Ha logrado un ambiente acogedor con vidrieras en las que expone las joyas que ella misma diseña, pule y trabaja en el pequeño taller, a la vista de todos. Sus creaciones son sencillas y bellas y las pulseras y collares se cierran sin broches, ni accesorios, haciéndolas especialmente etéreas.

La arquitectura de Helsinki, por otro lado, también se funda en lo novedoso e inesperado. Un buen ejemplo sería la estación ferroviaria, obra de Eliel Saarinen, cuya fachada de granito es una combinación de romanticismo y funcionalismo.

O la iglesia de Temppeliaukio, excavada en plena roca con un techo circular que deja entrar la luz, o la orilla oriental de la bahía de Toolo a la que llaman «Linnunlaulu», nombre que evoca el trino de los pájaros, lugar famoso por sus villas de madera.

Eso sí, sin pasar por alto el entrañable Mercado Viejo a la orillita del mar, que data del 1889 y bajo su estructura de ladrillo rojo encierra puestos de madera tallada donde se encuentran especialidades laponas y todo tipo de delicias finlandesas. Destacan la estatua y fuente de la joven desnuda emergiendo de las aguas, diseñada por Ville Vallgren, monumento que se ha convertido en el símbolo de Helsinki. Merece una visita la Catedral Ortodoxa de Uspenski del 1868, la más grande de Europa occidental, ejemplo de la influencia rusa en la arquitectura finlandesa, con sus cúpulas doradas y su construcción de ladrillo rojo.

Por imaginación que no quede. Pues imaginación también hay de sobre en la forma de servir los manjares el restaurante Savotta en la Plaza del Senado, cuyo interior encierra una acogedora decoración de madera, con motivos lapones y gastronomía autóctona en la que prima la carne de arce o reno, el salmón fresco cocinado en humo y los bajativos o vodkas de diversos colores y aromas, colocados sobre un esquí de madera, que ayudan a sobrevivir a los sabrosos postres.

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